lunes, 25 de julio de 2016

5:00 AM

Le dijeron que el miedo olía a él, que las rosas eran rojas porque el idiota que le puso ese nombre debía ser daltónico.

Le dijeron que lo bueno se hace esperar.

Le dijeron que la incertidumbre que marcaba el día de su nacimiento no era mera coincidencia, sino fruto de un hechizo del destino.

Las palmas resuenan en el eco de aquella caverna húmeda y rocosa como un compás desfasado astiado por la ruda repetición de sus notas.

La noche caía como los grandes imperios, lenta pero inminente y las estrellas comenzaban a encender sus interruptores para acompañar a aquel muchacho desvelado.

Se encontraba en su cama triste y melancólico escribiendo sus frustrados sentimientos, pero en su mente se encontraba en la orilla del mar disfrutando de un cálido y rojizo atardecer,bailando mecido por el viento.

Él no sabía bailar pero en su mente así lo hacía, con tal destreza que muchos le habrían envidiado, si todo aquello fuese real.

Los lirios de su jardín de fragancias varias se marchitaban dejando paso a una triste metáfora de la vejez.

La Luna se escondía por detrás del muro que él podía observar desde los barrotes de su habitación y una noche más se llevó su deseo a recorrer el mundo por él.

Sólo,y con miedo a ser olvidado una noche más aquel muchacho intentaría conciliar un sueño que no era tan deseado como aquel que se llevó la luna.

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